UN 17 DE AGOSTO...
La Luna radiante y completamente llena los saludó dejando la orilla casi en penumbras. Los dos amantes recogieron todo y se desplazaron hasta donde empiezan las rocas.
Cuando se quisieron dar cuenta estaban totalmente solos, tumbados en la arena; arropados con una sola manta. Él no paraba de mirar hacia todos lados para asegurarse de que su intimidad era absoluta. Ella comenzaba a besarle por los rincones más escondidos de su cuerpo, a lo que no tardó en responder con caricias por su espalda bajo su jersey rojo de algodón.

Lo había soñado muchas veces pero nunca habría sido capaz de imaginar que fuera a ser tan perfecto y excitante. Tras casi un año separados iban a estar todos los días del verano juntos, algo que ambos ansiaban desde hacía tiempo.
Nunca antes se habían sentido tan unidos como hasta entonces. Por fín los dos estaban haciendo lo que más deseaban: estar juntos. No les importaba si tenían que dormir bajo una tienda de campaña, en el coche o a la interperie; siempre y cuando al despertar del día siguiente pudieran sonreirse el uno al otro a la vez que sus pupilas se acomodaban a la claridad.
