
El cante es una música, un sonido sin parangón alguno. No tiene hermano parecido. Nace del grito, de la queja y del llanto, a veces de la rabia: el cante tiene sonidos negros.
Antes que una nota musical es un aullido, prefiere la voz áspera, ahogada, rota, a la voz clara, limpia y de perfecta armonía. El cante es lo que no es el canto, lo que no encanta ni complace. Antes que la complacencia, ha de herir y doler. El cante va directo al sentimiento.
Será por puro azar que al que oye cantar, al que escucha el cante se le dice que “siente el cante”, “está sintiendo cantar”. Así, el que siente cantar es parte misma del cante, participa en el rito, en la ceremonia y guarda sus tiempos litúrgicos, interviene, anima, “jalea”, ayuda en suma al cantaor hasta alcanzar “el duende”. El duende es la clave del cante, crea el clímax. El duende es el halo, la atmósfera del grito y el silencio, es la respiración sostenida, la garra de lo desconocido, el cielo hecho piedra… lo inexplicable. El cantaor roza el éxtasi y queda colgado de la nada para dar el grito con el que atenaza al que “siente” y le hace dar el suspiro del “ole” o de la lágrima.
Cuando un hombre hace un cante poseído por el duende, el aire y el tiempo se paralizan, nadie osa moverse ni mirar a otro lado. El que siente se convierte en orante de piedra, porque se le oprime el corazón a fuerza de congoja para abrirse más tarde como escala divina.
Para el iniciado, el duende es el arte, el summun de la esencia, la furia y el tacto exquisito, una gota suspendida y casi inalcanzable.
Manuel torres dijo en una ocasión “todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende”
El cante va siempre al alcance de ese momento, está siempre rozando el equilibrio y la locura. Va del gozo a la congoja pasando por la pena.
La voz araña, pellizca, se quiebra en mil sollozos para acabar hiriendo y doliéndose a si misma.
Ni la alondra maljería
que con su canto muriera
se quejó con más doló
que Fernanda la de Utrera
que con su canto muriera
se quejó con más doló
que Fernanda la de Utrera
Otras veces conova el gozo y la sonrisa, el ángel y el detello de la gracia y el delirio.
El cante es una inmensa aventura sin metas ni destinos.
Fco. Moreno Galván “IN MEMORIAM”. Cáceres 20 de Noviembre 1990


